Tenía apenas diecisiete años cuando un mundo nuevo se abrió ante mis ojos.
Tuve la oportunidad de trabajar como actor y músico (flauta tenor, guitarra y canto) en una extraordinaria obra de cuatro horas llamada "El Plauto ", escrita porCarlos Trias (versión de las comedias de Plauto) y dirigido por Roberto Villanueva y Jose Páez (quien dirigió un año después la brillante "Los muchachos de la selva", basada en textos de Buchner y Rimbaud) en Buenos Aires.
Experimenté el TEATRO con mayúsculas, lo que puede ser; y tengo que decir que me encantó y que no tuve muchas más ocasiones en el resto de mi vida de volver a saborear esa sensación. Fue realmente excepcional.
En la cabecera del programa se podía leer: “Para que pronto podamos celebrar la representación de grandes ceremoniales sobre la metamorfosis, el delirio, la acrobacia, el baile de máscaras , la prestidigitación y el enlace dionisiaco entre Eros y Thanatos"
Conocí gente increíble, viví nuevas experiencias y encontré un "camino" en mis lecturas y mi música. Mi vida adulta había comenzado.
Había llegado el momento de conocer a Nietzsche, Artaud, Rimbaud, Büchner, Jarry, Cioran, Wittgestein, Bernhard, Moles, Deleuze, Sollers, Proust, Derrida, Bataille, Klossowski, Bowie, Reed... tantas cosas que agradecer.
Luego ellos se fueron a vivir a España -y yo también un par de años después, donde continuamos la amistad y el aprendizaje.De Roberto aprendí a ver Funciones Dramáticas.
Reescribir el texto con una lectura dramatúrgica, aplicando sobre todo la visión de Vladimir Propp, Lévy-Strauss y Greimas sobre el relato mítico, los cuentos de hadas y el viaje del héroe. Descubriendo funciones y produciendo una dirección de sentido.
Así lo recuerdo; una silla, una mesa, unos libros: un espacio sagrado.